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domingo, 12 de julio de 2009

Alturas de Macchu Picchu



Sube a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterráneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados.
Mírame desde el fondo de la tierra, labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados: agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta
nueva vida vuestros viejos dolores enterrados.
Mostradme vuestra sangre y vuestro surco, decidme:
aquí fui castigado, porque la joya no brilló
o la tierra no entregó a tiempo la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que caísteis
y la madera en que os crucificaron,
encendedme los viejos pedernales,
las viejas lámparas,
los látigos pegados a través de los siglos
en las llagas y las hachas de brillo ensangrentado.
Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
A través de la tierra juntad todos los silenciosos
labios derramados y desde el fondo habladme
toda esta larga noche como si yo estuviera
con vosotros anclado, contadme todo,
cadena a cadena, eslabón a eslabón,
y paso a paso, afilad los cuchillos que guardasteis,
ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos,
como un río de tigres enterrados,
y dejadme llorar, horas, días, años,
edades ciegas, siglos estelares.
Dadme el silencio, el agua, la esperanza.
Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.
Hablad por mis palabras y mi sangre.